‘El mundo que fue y el que es’ (Pablo Llorca, 2011)

Una forma que piensa

Una película como El mundo que fue y el que es resulta una rara avis en un momento como el actual porque va en dirección contraria a cualquier corriente: la del exceso, con filmes realizados en Hollywood por directores extranjeros (Drive, El topo) deudores, no obstante, de una tradición norteamericana, o la del defecto, como en el caso de Winterbottom o Soderbergh, donde prima (en ambas tendencias) la externalidad, la superficie y la máscara.

También el trabajo de Llorca podría inscribirse dentro de una tradición genérica, la revisionista de un cierto cine nacional (la españolada de posguerra). Nada más lejos de la realidad, como recalca el director: su película no es un filme sobre el franquismo. Tampoco es un cine en el que el carácter objetual del referente (tipo Straub u Oliveira) cope el centro de atención, más bien al contrario. Aparcada la verosimilitud, se hace caso omiso a la precisión creíble de maquillaje, ambientación o efectos especiales. Para entendernos, en una competición de premios cinematográficos, una película de Llorca jamás obtendría el máximo galardón en dichos aspectos técnicos. De ahí que, huyendo del entorno, de lo cosificable, se vuelva a la letra, a la narrativa, a la línea en el sentido más literal posible; a una palabra cargada de sentido, a un párrafo que dispara.

Se llega de este modo a la abstracción desde la prisa y el querer que se note (o que no importe) todo lo artificioso de una ficción narrativa, como en una función de teatro amateur; como, muy probablemente, se representara en el Siglo de Oro español. Vencido tal escollo, el espectador que haya obviado dichos problemas consecuentes de una mala educación cinematográfica volverá gozoso a la trama, pues esta no se le ahorra sino que fluye a caudales en múltiples personajes e historias. Convertida la materialidad de la letra y del objeto en algo intangible, pura abstracción, la emotividad aflora al modo de una lectura dickensiana o galdosiana, el de un realismo del siglo xix folletinesco donde cuentan las acciones de los personajes y sus devenires.

La trama, ya que hablamos de ella, es política, más que por el contenido por el continente. Llorca abandona el mundo de la fábula y de los cuentos que poblaban su universo desde Jardines colgantes (1994) y se adentra en el árido territorio de la Historia. Tan solo la maravillosa y letrada voz de Luis Miguel Cintra (el actor de Oliveira) aporta un cariz extemporáneo al conjunto; proviene de fuera, dobla (en los pensamientos internos) y refuerza a la frágil figura del actor Antonio Durán Morris, de manera que transforma la narración en épica o histórica en tanto que permanente, trascendente. El mundo que fue y el que es es, por tanto, una película que piensa, que reflexiona, sobre unos acontecimientos verídicos y que se proyecta hacia un presente cada día más cambiante. El relato de unos comunistas encerrados entre rejas durante la dictadura española supera el maniqueísmo de buenos y malos, elemento anómalo, diríase, en un contexto donde prima la letra o lo ficticio, donde el contrato de suspensión de la incredulidad con el espectador se halla en el filo de la navaja siempre a punto de quebrarse.

Pero hay otra característica propia de Llorca que se mantiene a lo largo de toda su obra relacionada con la extemporaneidad apuntada más arriba: la sensación de extrañeza no solo producida por una tosquedad representativa sino también por la creación de estancias oníricas unidas entre sí en un mundo ilógico. La celda donde habita Daniel Duarte, el preso comunista entregado a la causa hasta la muerte, cobra dimensiones metafísicas e irreales. Pero lo más fascinante de Llorca es cómo configura los espacios adyacentes sin la lógica matemática y sin la cámara al modo contrario del Antonioni explicado por Noël Burch. Francia se recrea en un parque público, esquelas con fecha posterior al tiempo narrado inundan paredes, vestidos contemporáneos se usan sin el mayor recato cronológico…

Otro pilar sobre el que descansa la obra de Llorca son sus personajes reservados, quiméricos, alejados del ruido. Sus criaturas son seres iluminados, merlines abocados al encierro, lo cual no obstaculiza su impronta en el bien de la comunidad al entregarse a esta mediante un rito sacrificial; en el caso que nos ocupa, con la consumición del cuerpo físico hasta la muerte. Gracias, precisamente, a aquellos movimientos liberales en tiempos difíciles de los que habla el filme, se lograron conquistar derechos civiles actuales con independencia de la adscripción canónica o no al leninismo y del dictado soviético.

En suma, El mundo que fue y el que es, además de constituir un buen repaso histórico ideal para una España desmemoriada bajo una perspectiva crítica y poética a un tiempo, supone todo un ejemplo de resistencia cultural y una propuesta coherente por parte de su autor. Se trata de una película hecha sin subvenciones, un filme de guerrilla y, por ello mismo, independiente hasta la médula, probablemente una plantilla de cine futuro.

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Una Respuesta a ‘El mundo que fue y el que es’ (Pablo Llorca, 2011)

  1. viejo Casale dijo:

    Tu texto es excelente pero la película es infumable, repleta de escenas ridículas y que lejos de mostrar un escenario pensable tal y como tú insinúas provoca hilaridad. Yo sentí vergüenza ajena viéndola. Como parodia puede funcionar pero dudo que ese sea el objetivo del director. De hecho, yo llevo dos días repetiendo a modo de contraseña burlona la hilarante “¿dónde está la imprenta?”…por no hablar del momento café en la comisaria o cuando se le detecta la tuberculosis al jefecillo comunista, por no hablar de la detención lechugera de Cintra en la verdulería.
    Seamos serios. Una cosa es la precariedad de medios y otra pergueñar un sainete sin sentido alguno…que sólo provoca, en el mejor de los casos, compasión por el alma cándida que ha puesto en este proyecto lo mejor de si mismo. Nada que ver con la prometedora y en su día soprendente “Jardines colgantes”.

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