‘El caballo de Turín’ (‘A Torinói ló’, Béla Tarr, 2011)

El caballo negro

Si el cine comenzó a dar sus primeros pasos con la llegada de un tren o los obreros saliendo de una fábrica, lo esencial de aquellas imágenes embrionarias debió de suponer la elección de la toma, es decir remitirnos a un punto de vista a la hora de abordar el plano. Los hermanos Lumière tuvieron que sopesar la elección correcta de todas las posibilidades, el mejor lugar en el mundo. Y la pregunta que se fraguó en aquel instante fue ¿cuál? o ¿por qué? cuál es la distancia, o la altura de la toma, por qué esa imagen llega más que aquella otra, por qué algunas imágenes nos atrapan, nos llevan a un mundo de reminiscencias y otras no. Hablar de la obra de Béla Tarr es revisar el trabajo de un maestro, y de la elección de ese punto de vista, el de la cámara y por lo tanto de la imagen. Su tratamiento, su capacidad de generar sentidos, su maestría en la elección.

Cuentan las crónicas que el filósofo Friedrich Nietzsche, en sus últimos días de lucidez, se abrazó al cuello de un caballo de tiro para que el cochero del carruaje dejara de pegar al animal. Nietzsche se abalanzó sobre el caballo y se agarró a él como un poseso. Conocemos la historia del filósofo, diez largos años de enfermedad, postrado en la cama hasta su muerte. Sin embargo, del caballo nada se supo. The Turin Horse es la historia que comienza con un caballo… puede ser ese, o así nos lo plantea el off de la historia. La bestia tira de un carro guiado por un viejo y rudo campesino en medio de una ventisca. El hombre lo guarda en la cuadra y entra en una pobre casa donde le espera su hija. La joven lo desviste, él descansa, ella prepara la comida, cuatro patatas hervidas, ardiendo, se colocan en un cuenco, se sientan en una vetusta mesa de madera. Comen, el padre devora, al terminar el viejo se levanta y se sienta frente a la ventana contemplando el páramo. La luz va desapareciendo en la estancia y ellos se acuestan. La joven es la primera que se levanta por la mañana, sale de la casa y se dirige a un pozo donde saca agua. No hay palabras, es un eterno devenir, así pasan las horas.

El tiempo se desarrolla a través de esos acontecimientos. Es un tiempo lento en donde los actores se integran perfectamente en la imagen, sobria y poderosa. Las secuencias se trabajan por medio de planos secuencia, lentos –otra de las constantes en el trabajo de Béla Tarr. En ese espacio mínimo los personajes se mueven a través de claroscuros, sombras y puntos de luz, mientras el viento azota en el exterior. El tratamiento de la luz en la estancia recoge perfectamente el devenir del tiempo y nos dirige hacia la oscuridad, mejor dicho, a la desaparición de los sentidos. Los actores se supeditan a esos parámetros, son parte del celuloide y de esta idea. Son actores de Cine con mayúsculas, supeditados a la imagen. En los límites del precipicio Béla Tarr dibuja escenas memorables, cuadros con personajes perdidos desde La condena (Kárhozat, 1988), o Las armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000). Son seres que siempre parecen haber salido de la nada, casi míticos, pero lo que es más interesante, desde la cotidianidad de lugares atemporales. Béla Tarr siempre ha trabajado los espacios, sobre todo los pequeños, las relaciones de las personas en las estancias, la convivencia. De esta manera siempre se ha movido bajo la superficie de las cosas, pero entregando obras fílmicas de un sobresaliente valor formal. Maestro, como es, de instantes oníricos, un plano de Béla Tarr es un mural inmejorable para enmarcar.

The Turin Horse, como no podía ser de otra manera, es un manual de movimiento y de colocación precisa de cámara. El respeto de esa imagen es total, sagrada. La cámara en el plano secuencia se mueve exacta, los personajes están a la distancia adecuada. Un juego de precisión dirigido hacia la muerte de la luz. El punto de conflicto emerge en el momento que el caballo no quiere salir de la cuadra, es viejo y está cansado, desde entonces todo se dirige a la nada, todo va despareciendo con lentitud, no hay acción, no pueden salir de la casa, al igual que una casa tomada. En aquel cuento de Cortázar los personajes eran echados de las estancias, en este caso los personajes simplemente se dejan llevar, acaban engullidos por la oscuridad de los muros, intentan salir sí, pero al final desisten. Tras el segundo conflicto, la falta de agua, el nudo determina el final del mundo… intentan luchar, salir, más allá de la línea del horizonte pero finalmente se recogen frente a la adversidad y esperan la oscuridad.

The Turin Horse es una película sobre el crepúsculo, el final, una temática muy utilizada en los últimos años que dirige la mirada hacia el fin de los tiempos. Todo se acaba, hay una idea de muerte sobre lo que nos rodea, el sistema termina. Esta idea se puede enfocar de muy diversas maneras, el tiempo social que vivimos da para mucho. Béla Tarr nos lleva a un tiempo anterior para abordar este concepto con las herramientas del cine. Realmente la historia de la película es una excusa para desarrollar un tratamiento exquisito de la luz, y el movimiento de cámara y los actores en un espacio reducido. El dominio sobre el otro vértice: el tiempo, hacen de esta obra en blanco y negro todo un monumento a la puesta en escena y a nuestra unidad semántica: la imagen.

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