‘La torre de los siete jorobados’ (Edgar Neville, 1944)

Comedia con fantasmas

DVD - Versus

Hace unos meses, la publicación del espléndido cofre “Val del Omar. Elemental de España” servía para poner de manifiesto la dejadez con que, por norma, aparecen en formato doméstico títulos históricos del cine español. Dejadez a la que cabría sumar una aleatoriedad que provoca que la obra de muchos cineastas se edite de forma parcial y sin seguir ningún criterio determinado, algo que repercute en la visión sesgada que las nuevas generaciones pueden tener de un buen puñado de filmografías. El caso de Edgar Neville (Madrid, 28 de diciembre de 1899 – Madrid, 23 de abril de 1967) no es una excepción: Hasta ahora podíamos encontrar en DVD Domingo de Carnaval (1945), El último caballo (1950), La ironía del dinero (1959) y El baile (1959), en ediciones rácanas sin más atractivo que el de facilitar la visibilidad de dichos filmes. Mientras, otros títulos importantes en su trayectoria, caso de La vida en un hilo (1945), Duende y misterio del flamenco (1952) o Mi calle (1960), todavía esperan turno.

Por todo ello, hay algo de paradójico (o, si lo prefieren, de justicia poética) en el hecho de que la primera película de Edgar Neville que se edita por todo lo alto en DVD sea La torre de los siete jorobados, justamente aquella que a priori calificaríamos de más excéntrica. Sin embargo, hay que reconocer que es precisamente esta condición de perro verde la que, a la larga, la ha convertido si no en el título más popular del director, sí en el que genera mayor culto a su alrededor. Su adscripción al fantástico, que tantos quebraderos de cabeza con la censura trajo al director [1], es también la que ha garantizado su supervivencia, su lugar en la historia como título fundacional (o casi) del género en España; aunque, en última instancia, se tratase de una película hasta ahora más citada que visionada [2].

Adaptando la novela homónima de Emilio Carrère, publicada originalmente en 1920, Neville y el guionista José Santugini siguen las peripecias de Basilio Beltrán, modesto galán que, mientras se está jugando unos duros en el casino con el objetivo de invitar a cenar a una cupletista, entra en contacto con el fantasma de un arqueólogo, Robinson de Mantua. Este, asesinado meses atrás, le pide a Basilio que proteja a su sobrina de los peligrosos individuos que acabaron con su vida. Las pesquisas del improbable aventurero le llevarán a encontrarse con una banda de falsificadores jorobados, encabezados por el Doctor Sabatino, que tienen su cuartel general en una ciudad subterránea escondida bajo el suelo de Madrid. Allí el protagonista hallará a Don Zacarías, arqueólogo y antiguo colega de Robinson de Mantua, que lleva un año viviendo bajo tierra, rehén inconsciente de Sabatino. Este personaje ha posibilitado a algunos autores las claves para realizar una lectura política del filme. Es el caso de José María Latorre, quien afirmó que “resulta imposible no ver en él la figura del intelectual obligado por las circunstancias a ejecutar su trabajo intramuros, fuera del control de la dictadura franquista, y al joven Basilio como a un representante de las clases populares que, llegado el momento, pone a disposición de aquél los medios necesarios para salir de su encierro” [3]. Interesante punto de vista, que amplía las posibles resonancias del filme, aunque un servidor le añadiría un pequeño matiz: Don Zacarías quizás no sea tanto un intelectual “obligado por las circunstancias” como un individuo que o no es consciente de su situación o prefiere hacer caso omiso a aquello que lo rodea, eludiendo así la conciencia y la responsabilidad. Contundente colleja que Edgar Neville, cineasta que trabajó para el Régimen durante la Guerra Civil, propina con su característica elegancia.

Dejando de lado interpretaciones, lo más interesante de La torre de los siete jorobados sigue siendo, a mi entender, el viaje en que Neville embarca al cine español de la época, reflejo del itinerario que recorre el pobre Basilio: la película se inicia en un territorio familiar para el espectador, con escenarios y situaciones (cómicas, en su mayoría) reconocibles que se van extrañando progresivamente hasta adentrarse en lo desconocido. Sin embargo, el paso de los años ha hecho que en nuestra visión del filme prime especialmente la vertiente humorística, que ni siquiera en las secuencias de apariencia más misteriosa abandona del todo la función: ahí está, por ejemplo, el personaje don Zacarías y su permanente despiste, la inesperada irrupción del fantasma de Napoleón o el amor que Robinson de Mantua profesa a una reproducción de la Venus de Milo –“La Venus me gustaba a mí como mujer. Era mi tipo,” confiesa casi azorado en un momento de la película–.

Es posible que el natural amor de Neville por la comedia y por el sainete traicionase sin querer la intención de darle un carácter más dramático o tenso al último tramo del filme (aunque, todo sea dicho, también la prosa de Carrère invita en no pocas ocasiones a la sonrisa). Pero es también esta naturaleza chispeante, unida al inmejorable ojo del cineasta para filmar las calles de Madrid lo que confiere a la película su inconfundible personalidad. Una brecha en el costumbrismo por la que otros autores se adentrarán años después (pensemos, por ejemplo, en las primeras películas de Álex de la Iglesia) para acercarse al fantástico preservando una tradición artística, del sainete al esperpento, que no tiene por qué ir reñida con la capacidad de asombro y un sentido de la maravilla que por siempre jamás irán unidos a esta fabulosa torre que, en lugar de querer acariciar el cielo, se entierra en las profundidades de la tierra.

Respecto al DVD, debemos felicitar a la gente de Versus por su formidable trabajo, un esfuerzo que da como resultado la que probablemente sea la edición más completa de una película española. La riqueza de complementos supera cualquier expectativa, y parece fruto de la necesidad de contextualizar, de aportar datos y recuperar la voz de unos personajes que ya casi no nombramos ni conocemos. Uno se imagina al equipo investigando, reencontrando documentos y material gráfico caído en el olvido, excitándose ante cada nuevo hallazgo, y así hasta configurar un libro de casi doscientas páginas en el que se incluyen curiosas entrevistas a Edgar Neville, escritos del propio director (como su “Defensa del sainete”, perfiles del reparto y de algunos de los principales responsables de la película, como el antes citado José Santugini o el director artístico Pedro Schild. También reportajes escritos durante el rodaje de la película e, incluso, un texto de Jesús Palacios sobre Emilio Carrère en el que revisa y actualiza su teoría acerca de la problemática autoría de la novela, asunto que ya trató en el revelador (aunque ahora algo desactualizado) prólogo a la reedición de La torre de los siete jorobados por parte de Valdemar en 1998.

Una avalancha de información que trasciende los límites del propio filme, ya que por estos textos –también por el documental Edgar Neville, emparedado entre comillas, incluido aquí como extra–, además de Neville, Santugini o Carrère desfilan también nombres como Miguel Mihura o Tono. Entendemos entonces el auténtico e incalculable valor de este objeto, que no es tanto la reivindicación de una película en concreto como un homenaje a toda una época, a una forma de entender el humor y la vida que solo podemos rozar revisitando con la mirada limpia obras como La torre de los siete jorobados.

Notas:

  1. Tal y como atestiguan los documentos de censura que se adjuntan en el DVD, Neville tuvo que disimular su condición fantástica eliminando buena parte de los elementos esotéricos que figuraban en la historia original y rodando un prologo en el que Basilio se removía inquieto en la cama, dando pie al espectador para que creyese que todo lo acontecido no era sino un sueño del protagonista. Afortunadamente, el director pudo librarse de incluir esta escena. 
  2. No tengo constancia de que existiese ninguna edición oficial en VHS. Quien esto firma accedió a ella por primera vez gracias a Canal Plus, que la emitió en los albores de la pasada década. 
  3. LATORRE, José María: “La torre de los siete jorobados”, en AGUILAR, Carlos (ed.): El cine fantástico y de terror español: 1900-1983, San Sebastián: Donostia Kultura: Semana de Cine Fantástico y de Terror, 1999, p.77-78. 
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