‘El gato desaparece’ (Carlos Sorín, 2011)

Gotas de lluvia encendidas

Las pesquisas que transitan por la mente humana obedecen a dinámicas que la ciencia ha cosificado y estandarizado en base a criterios estadísticos. Si algún sujeto se desvía patológicamente de “la normalidad mayoritaria” se le intenta reciclar con los fármacos adecuados y, si se considera apropiado, se le devuelve al redil para que prosiga con la representación de su propia vida dentro de los parámetros que marcan las buenas maneras y costumbres sociales. ¿Qué puede provocar que alguien “perfectamente normal”, cabeza de familia y figura socialmente respetable abandone violentamente todas sus obligaciones mentales e incurra en la anarquía psicológica? Carlos Sorín nos ofrece una posibilidad de desbarajuste mental en El gato desaparece, cinta de estructura narrativa lineal y pausada, ajena a grandilocuencias fílmicas, pero de comedidos deslices estéticos que ahondan en la impronta que el director argentino ha sedimentado ya en anteriores trabajos como Historias mínimas (2002) y Bombón, el perro (2004).

Luis, profesor universitario especializado en filosofía de la historia, sufre un cataclismo mental a mitad de la escritura de su último libro, el que ha de ser su obra magna tras una vida dedicada al conocimiento. El celo que profesa hacia su creación le ha llevado a desconfiar de las personas que le rodean, en concreto de su ayudante, que con el teórico beneplácito de su mujer le estaría robando su trabajo de investigación. Este descubrimiento psicótico deriva en una agresión violenta hacia éste y su internamiento en una clínica psiquiátrica. Tras dicha presentación de los acontecimientos, el film arranca con la “puesta en libertad del inculpado” y su retorno al anhelado hogar, retomando la relación conyugal en la medida de lo posible en el punto en el que la habían dejado. Sin embargo, su mujer Beatriz, pese a su predisposición inicial, no conseguirá confiar plenamente en la recuperación de su marido y acabará derivando ella misma, en su abandono a la desconfianza, hacia una obsesión incontrolable. Encuadres poco favorecedores del profesor con la mirada perdida o actitudes “realizadas a deshoras” (como oír los sonidos metafóricos de una tormenta aún por llegar), que se balancean en el umbral de lo que sería normal y lo que no, allanan el terreno para que la duda se apodere rápidamente de ella. Sorín aporta los elementos hitchcockianos necesarios para sustentar la alergia matrimonial de su personaje, coqueteando discretamente con el thriller –esencial, en este sentido, la desaparición del gato Donatello tras renegar de la vuelta a casa de Luis–, pero sin abandonar una trama anclada en la relación de pareja y la confianza mutua necesaria para lubricar el engranaje emocional.

Por otro lado, bajo la premisa argumental del film afloran otras cuestiones que decoran el metraje de modo tangencial. La primera es el lugar que ocupa la farmacología en la sociedad actual, en la que se recetan pastillas constantemente para atajar, que no solucionar, cualquier atisbo de problema psicológico e incluso novedosas patologías surgidas de la iniciativa capitalista que impera en las empresas farmacéuticas. Los límites de la ciencia topan con los límites del mercado, y Luis y Beatriz se convierten en disciplinados consumidores, como corresponde a un matrimonio de clase burguesa, con necesidades no precisamente “neorrealistas”: propietarios de un Volvo, símbolo de la seguridad y fiabilidad de la que no gozan, ambos han de reubicar sus existencias y rellenar las ausencias del pasado, situación que intentarán dulcificar con las comodidades que ofrece el dinero.

El gato desaparece es una historia sencilla e introspectiva que, lejos de ser una película de altos vuelos, ofrece una mirada afilada sobre la posibilidad de que la aparición de una alteridad psíquica ponga patas arriba una vida ordenada y aparentemente consolidada. Lástima que el desenlace no esté a la altura del planteamiento ni del nudo, ni de algunas de sus bellas imágenes, como el minucioso doblado de una hoja de ensalada o las gotas de lluvia que, por efecto de la iluminación, se antojan como encendidas.

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