‘Melancolía’ (‘Melancholia’, Lars von Trier, 2011)

Wagner o la exacerbada belleza del fin del mundo

Que la llegada del Apocalipsis es uno de los temas preferidos por lo directores de cine es algo que sabemos desde hace mucho tiempo. Y que las maneras de abordar un tema como éste pueden ser muchas y muy variadas también lo sabemos. Tras la polémica terapia que resultó ser Anticristo (Antichrist, 2009) el director danés regresa con, según sus propias palabras, “una bella historia de amor sobre el fin del mundo”.

El prólogo de Melancolía nos muestra unas hermosas, hermosísimas (demasiado hermosas diría yo) escenas que por momentos nos podrían recordar a los trabajos más visualmente impactantes del videoartista Reynold Reynolds. Durante ocho minutos una serie de imágenes oníricas a cámara lenta nos muestran la parte más bella de lo que para Lars von Trier vendría a ser el fin del mundo. Si en Anticristo era la música de Haendel la que sonaba durante el prólogo, esta vez es Wagner, con toda su grandiosidad, el que pone la banda sonora al choque de la Tierra con el planeta Melancolía, diez veces más grande que ella. Podríamos pensar, tratándose de alguien como von Trier, que se trata de un guiño a su propio ego. Que él, en su infinita pericia y magnanimidad como contador de historias ha decidido arriesgarse esta vez con una que sea bigger than life, con su película más grandiosa hasta el momento, con una obra de arte total. O también podríamos pensar por supuesto que sus intenciones van mucho más allá del mero egotrip autocinefílico.

Justine y Claire son las dos protagonistas de la historia, dos hermanas que estructuran el filme en dos capítulos distintos, dos personajes de carácteres completamente opuestos que afrontan el acercamiento del planeta Melancolía de formas radicalmente distintas. Mientras von Trier, depresivo crónico, afirma sentirse identificado con Justine (sutil interpretación de Kirsten Dunst llena de matices), define al personaje de Claire (Charlotte Gainsbourg) como “una persona normal”, alguien con ganas de vivir, aterrorizada por el fin de la humanidad. La oposición de ambas personalidades se convierte en el eje vertebrador de una historia que no tendrá segunda parte. El personaje de Justine, incómoda y desubicada al principio de la película, intentando sin éxito creerse el ritual de su propia boda, irá poco a poco encontrando su lugar en el mundo justo cuando el Apocalipsis se convierta en algo inevitable. Su hermana, por el contrario, sufrirá  el efecto contrario dejándose dominar por el pánico ante el inminente acercamiento del planeta Melancolía.

No es la primera vez que se aborda el Apocalipsis desde una perspectiva “de autor” y prescindiendo (al menos durante la mayor parte del metraje) de efectos especiales, grandes explosiones o mares que se dividen. Ya en el 2003 Michael Haneke hizo lo propio con la desgarradora El tiempo del lobo (Wolfzeit, 2003) y el Festival de Cinema de Sitges de este año nos ha regalado unos cuantos ejemplos más con directores como Abel Ferrara (4:44 Last Day On Earth, 2011) o Béla Tarr (The Turin Horse, 2011). Pero creo (y recalco, aunque sea entre paréntesis, que se trata de una opinión totalmente subjetiva) que el fin del mundo no es para von Trier más que una excusa para hablar de esas otras cosas que son realmente las que le interesan. De ahí que ese planeta amenazante tenga un nombre tan descriptivo, tan definitivo, tan definitorio.

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