FICXixón: Día…¿Día?…Las horas

A medida que van pasando los días se va adquiriendo una perspectiva de conjunto del festival. La inevitable jerarquía marcada por el orden de la programación comienza a deshacerse en una especie de flujo continuo sobre el que las imágenes comienzan a rimar descontroladamente. Se conforma una dinámica armónicamente acelerada que cada vez adquiere más y más velocidad. Y que, por supuesto, te atrapa y arrastra hasta llegar a perder el control sobre la percepción de lo real. Pero esa pérdida de las coordenadas temporales también ayuda a apreciar el tiempo de otra manera. Fruto de esta circunstancia, creo que he podido dibujar una línea asociativa entre algunas de las sesiones de las 9:30 de la mañana, en las que han venido pasando una serie de películas que comparten el denominador común de la infancia y la preadolescencia como tema.

En Play, Ruben Östlund, después de su sorprende Guitar Mongoloid, continúa trabajando una nueva forma de realismo distanciando (que puede llegar a convertirse en rasgo de estilo para las generaciones que le precedan) sobre un juego un tanto peculiar. A la manera de Funny Games (Michael Haneke, 1997), un grupo de preadolescentes pretende robar a otro grupo de chavales de su misma edad desplegando un plan en el que ya no vale el objeto a conseguir, sino todo el calvario que les deben hacer pasar. Play, juego, que además ya no es divertido, ni violento, ni macabro. Juego sin atributos, pero como consecuencia del mismo bienestar producido por una sociedad postcapitalista. Lamentablemente, la película se diluye cuando el director hace obvia una interesante reflexión sobre la inmigración y la mirada que dichas sociedades proyectan sobre ella.

Play comparte con Le Géants la figura ausente de los referentes paternos. En este trabajo de Bouli Lanners (viejo conocido del festival), unos niños han sido abandonados por su madre durante el verano en una región agrícola de Francia. El único contacto con ella es a través de un teléfono móvil del que renegarán cansados de las excusas que les da su madre para no volver. Entre ríos, campos de maíz, anhelan huir de ese lugar para ir hacia el sur, hacia España. Los chavales se mueven a la deriva, experimentando las dificultades de la vida, de lo que supone el peso de hacerse cargo de ella. Su excesivo simbolismo hace que la película se mueva tan a la deriva como sus protagonistas.

En Iceberg tenemos más de lo mismo. Aquí se trata de un retrato coral de una serie de niños en el umbral de la adolescencia. O están a punto de pasarlo, o acaban de pasarlo. Viven solos, apartados, en la marginalidad. Algunos necesitan interpretar el papel en una obra de teatro para conformar su identidad. Otros matar peces en una piscifactoría con bombas caseras. Gabriel Velázquez desaprovecha todo lo que sugiere el título de su película; en lugar de mostrar la punta de un enorme iceberg, parte de ella para llegar hasta el fondo, para poner sentido a una interesante propuesta inicial de personajes aislados y las consecuencias de sus actos.

Después de este tríptico me surge una duda: ¿El problema de los jóvenes hoy en día puede asociarse todavía a la ausencia de figuras paternas o maternas? Salgo a la calle y llego corriendo hasta mi café favorito. En Gijón está lloviendo. Me he mojado los pies con un charco situado delante de uno de esos grupos de jóvenes que todas las tardes conversan distraídamente en los bancos de la plaza por la que se accede a los cines centro. Quizás debería haberme expresado mejor: está lloviendo en Gijón.

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