‘Scabbard Samurai’ (‘Saya-zamurai’, Hitoshi Matsumoto, 2011)

Honor se escribe con H

El cine japonés logró llegarnos de la mano de un puñado de maestros y el exotismo del cine de época y espada. Otros directores no menos magistrales nos abrieron posteriormente la puerta al drama contemporáneo. También el cine violento y social de yakuzas se abrió paso, así como el anime o el fantástico y su inevitable terror de largas cabelleras. ¿Es acaso el género cómico la última gran frontera en nuestra relación con el cine japonés? Y es que la distancia cultural tiene su peso, motivo probable para que la distribución internacional de cine japonés no apueste por el humor. El inefable Kitano, con la venia de la crítica y el empuje de aquel recordado Humor amarillo televisivo (Fūun! Takeshi Jō, 1986-1989), empezó a agrietar la barrera de la incomprensión. La irrupción de Matsumoto Hitoshi podría ser el paso definitivo.

Sitges es la cita a la que Matsumoto acude con cada nuevo film. Confesaré que mi primer visionado de Symbol (2009) fue algo frío. Me reí a gusto en muchas de sus escenas, tan pasadas de vueltas, pero no supe ver mucho más que afán provocador en la propuesta. Algo después, al descubrir su fantástico debut con Dainipponjin (2007), tuve que replanteármelo, pues junto a la buena puntería en su apuesta por la carcajada, tal vez sí había allí un cierto planteamiento analítico sobre lo genérico y su consumo. Sobre el humor como tal, incluso. Comparten Matsumoto y Kitano un origen en el teatro popular, un no menos popular paso por el medio televisivo y una fuerte personalidad que impregna su obra. En su comicidad también encontramos la tendencia a mostrar el sufrimiento ajeno, el súbito castigo sobrevenido como medio para divertir. Bien es cierto que el tartazo en la cara o el pobre desgraciado recibiendo garrotazos ya los vimos en blanco y negro, pero pensemos que el pijama a topos de Matsumoto en Symbol es uno de los iconos que adornan la portada de Una risa nueva, ese texto en que Jordi Costa y sus acólitos nos hablan de la comedia que genera más incomodidad que risas irreflexivas.

Y llega por tercera vez a Sitges con su Scabbard Samurai, el samurái sin espada. El inicio, digno del mejor jidaigeki, muestra sin palabras al personaje y su enigmático origen, que le persigue en forma de niña a la que no puede dejar atrás. Pero Matsumoto ya no puede engañar a su público, así que el desvarío que se demoraba un tanto en sus obras anteriores no tarda ni cinco minutos en desatarse. La aparición de los delirantes enemigos y sus desaforadas tarjetas de visita nos llevan al terreno del exploitation de época, que en los 70 fructificara con hermosas mercenarias ensangrentando la nieve o las peonías. En este punto el crítico tuerce el morro atisbando el traspié del director, agotadas sus ideas y resbalando hacia el terreno de la spoof movie. Y sí, hay parodia del género, pero certera y corta. Enseguida un nuevo giro determina el hilo de la narración, poniendo al desgraciado protagonista en la tesitura de hacer reír o morir. ¿Alegoría de la figura del humorista?

Matsumoto amplía en esta cinta sus registros, haciendo como siempre deambular a sus personajes en la cima del ridículo, sin que caigan ladera abajo pese a la dificultad añadida de insertar momentos conmovedores. Y no apunto sólo a ese final, catártico pero hasta cierto punto previsible y clásico (han leído bien: ¡final previsible y clásico en una peli de Matsumoto!), hay momentos de melancólica belleza. Apunte el lector la escena en que el prisionero es obligado a saltar a la comba ante su hija. Además el dominio narrativo es incontestable, una estructura que se repite incesantemente sin aburrir, con una gestión emocional de blockbuster. Se permite incluso devolvernos a las pruebas de Humor amarillo y construir con ello un algo de metáfora, que casi a su pesar nos remite a la situación en su país y la necesidad de la lucha colectiva por superarse.

No estoy seguro de si Matsumoto es un genio, pero sí de su inteligencia. Consciente del medio en que trabaja, utiliza con habilidad los recursos que este le ofrece, en momentos magistrales como el de convertir al protagonista en un caleidoscopio. El disfrute en el auditorio de Sitges fue tan grande como las expectativas que genera este cineasta.

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