‘Super 8’ (J.J. Abrams, 2011)

Keep On Dreaming

Directores como Richard Donner o Joe Dante, incluso Robert Zemeckis, nunca aparecen en ese olimpo sagrado de los autores. Probablemente Cahiers du cinéma nunca les dedicará una triste portada y mucho menos un monográfico. Y es que entendámonos, hay un cierta clase de cine que aún sigue siendo considerado menor, reducido a meras obras de lo que se llama, con un cierto aire peyorativo, películas de entretenimiento, como si esta calificación fuese sinónimo de cine vacío, de ausencia de calidad; un cine en definitiva incapaz de ofrecer nada más allá del placer de contemplarlo comiendo una bolsa de palomitas.

Ya de por sí esto resulta francamente contradictorio, si estamos ante films que ya ofrecen un cierto placer contemplativo es que detrás de estos aparentes artefactos meramente comerciales hay algo que nos motiva, nos induce a pegarnos a la pantalla y disfrutar de su visionado. Incluso yendo un paso más allá se podría entrar en ese debate que no parece tener fin sobre el cine como arte o como mero instrumento de ocio, ¿pero la pregunta que se antoja más pertinente no sería en todo caso si el arte no es algo producido para su disfrute placentero en cualquiera de sus niveles?

Sea como fuere, independientemente de la opinión que cada uno pueda tener, hay que reconocer que los directores anteriormente mencionados (entre otros por supuesto) consiguieron con películas como Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), Gremlins (Joe Dante, 1984) o la trilogía de Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985-1989-1990) crear toda una generación de cinéfilos. Niños que a través de estas películas quedarían atrapados por el cine y no lo abandonarían jamás. Y todo ello gracias a una combinación que resultaba del todo eficaz: aventuras, peligros, final feliz y, sobre todo, unos protagonistas que distaban siempre de los héroes tradicionales. En estas películas los protagonistas, sea a título individual o en grupo, eran gente normal, incluso losers, outsiders, soñadores, gente que se salía del standard social, chicos pre y adolescentes con los que el público potencial del film en cuestión podría establecer una conexión empática inmediata. Pero además, estas películas captaban, por así decirlo, el espíritu de una época. La estética, la música, la puesta en escena, en definitiva, creaban un paisaje, un retrato de unos personajes cuyas aventuras escondían algo más tras lo evidente: nos hablaban de ese momento difícil de la transición de la niñez al mundo adulto, de la pérdida de la inocencia y el intento de mantenerla viva, una metáfora también, en cierto sentido, de lo que los años 80 significaron en la cultura americana, el tránsito del idealismo setentero hacia el mundo del capitalismo global de los años 90.

Hay que reconocer pues que el director de Super 8, J.J. Abrams, ha sabido tomar buena nota de todos estos elementos. Miembro de esta generación ochentera ha realizado un film que se nutre de todos los elementos anteriormente mencionados insertando además, hábilmente, una suerte de discurso metacinematográfico por un lado basado en la propia reconstrucción de un estilo de película y con la introducción, por el otro, de sus propias memorias cinéfilas, de sus inicios infantiles con las cámaras de super-8 a las que el título de la película hace referencia.

Sí, esta es una película de ciencia ficción, pero lo de menos aquí es precisamente el sujeto activo del film; el monstruo, sabiamente dosificado al principio del metraje para un mayor impacto posterior, no deja de ser una especie de Macguffin para articular el discurso que realmente le interesa: las vidas de un grupo de amigos preadolescentes. Los temas no dejan de aparentar ser los mismos de siempre en estos casos, el descubrimiento del amor, la incomprensión adulta, el despertar de las vocaciones individuales, etc. Elementos que parecen ser un catálogo de tópicos y que podrían catalogarse como tales al encontrarnos con un elenco protagonista que encaja perfectamente en los estereotipos, a saber: el gordito incomprendido, el soñador, el debilucho, el freak y un protagonista líder que responde a una suma de los personajes ya comentados y que exhibe, cómo no, su galería de traumas familiares, en correspondencia casi mimética con la chica de la que se enamora. Y aquí radica el mayor acierto del director; efectivamente no huye del cliché sino que trata de sacarle el mayor partido. Lo que J.J. Abrams nos dice es que cliché no es necesariamente superficialidad, que el estereotipo existe en el cine porque existe en la vida real, y para ello pone todas las mejores líneas de diálogo, toda la complejidad en el comportamiento y toda la profundidad psicológica en el grupo protagonista principal, enfrentándolo intencionadamente con una cierta unidimensionalidad de unos adultos incapaces de escuchar, de evolucionar ante los eventos narrados.

Con todo ello Super 8 se revela como un film deudor y a la vez homenaje, un film que no confunde la nostalgia con el infantilismo, la reconstrucción con el cartón piedra y mucho menos la cinefilia con la imitación vulgar. Si acaso un pero se le podría poner a la película es la profusión de un cierto discurso de valores morales que se antoja un tanto rancio, cosa por otro lado que no deja de ser también marca de la casa de las producciones de Steven Spielberg, director que no tiene ningún problema en calificarse de conservador y que reconoce sin ambages que sus películas, por su discurso, podrían haber funcionado 50 años atrás.

Y hablando de las producciones Steven Spielberg, posiblemente su nombre sea el causante del éxito de las películas comentadas al inicio e incluso corresponsable del éxito de Super 8, pero no es menos cierto que su nombre promocional fagocitó a los directores mencionados pasando sus películas muchas veces entre el gran público por productos 100% spielbergianos. Así pues haría bien J.J. Abrams en intentar no caer en este error. Sus anteriores producciones demuestran no necesitar un nombre que le haga sombra y Super 8 no deja de ser el espaldarazo definitivo y la confirmación de su capacidad para crear y hacer buen cine. Esperamos pues que el nombre de Spielberg no deje de ser otro guiño, otro elemento más para retrotraernos a nuestra infancia cinéfila, otra invitación más a soñar.

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