‘Ne change rien’ (Pedro Costa, 2009)

DVD “Colección Cahiers du Cinema” - Cameo

En los extras que acompañan a esta edición de Ne Change Rien presentada por Cameo encontramos un par de videos que nos recuerdan como en junio del año pasado la comunidad cinéfila celebraba con agrado el primer estreno en salas comerciales de una película de Pedro Costa. El acontecimiento, sin duda, no podía ser para menos. Después de su paso por Cannes en el año 2006 con Juventud en marcha, el director portugués se había convertido en una figura de culto a nivel de mundial y sus películas, totalmente invisibles, en algo más que películas. Aun así parecía imposible que algún día pudiéramos ver en una gran pantalla y en 35 mm alguno de sus trabajos. Pero Paco Poch obró el milagro y con ayuda de la embajada francesa logró, además, que el director y Jeanne Balibar, la actriz protagonista de Ne change rien, acudieran a Barcelona para presentarla. En un ambiente orgiástico la pareja concedió un centenar de entrevistas como respuesta a la oleada de entusiasmo y admiración desatada por su presencia. Pero pronto se esfumó todo, y parecía como si hubiéramos asistido a una de tantas operaciones publicitarias que suelen articularse dentro de este mundo “alternativo” que conocemos como cine de autor. Desde luego que películas como Ne change rien no aspiran a obtener una gran recaudación, ni a llegar a un gran número de salas, y mucho menos a mantenerse más de un par de semanas en cartelera. Sus objetivos son otros, como conseguir que el entusiasmo se mantenga a lo largo del tiempo, que el recuerdo sensible sostenga y anime un comentario casi eterno de unas imágenes tan misteriosas como sensuales.

“Podremos olvidarlo todo menos la voz”. Pedro Costa se muestra categórico al final de una larga entrevista concedida a Glòria Salvadó el mismo día de la presentación de la película en Barcelona también incluida en esta edición de Ne change rien. Durante una media hora la profesora y crítica cinematográfica entabla un dialogo sumamente interesante con el director portugués, logrando dar con algunas claves relevantes y hasta ahora desconocidas de la concepción teórica del film. Y, para nuestra sorpresa, descubrimos lo que muchos sospechábamos; que sus films están destinados al olvido, a deshacerse en el tiempo una vez han dejado de desfilar las imágenes por una pantalla. Costa cree que ha llegado el momento de superar esa forma de mirar apoyada en la puesta en escena instaurada como un dogma desde el tiempo de la Nouvelle Vague. Sus imágenes huyen de ella y se presentan como esbozos de algo que puede llegar ser. Posibilidades, dispositivos relacionales abiertos a todo. Una especie de sueños que elogian y priman lo inconcluso. No estamos en el campo del recuerdo, sino de esa parte de toda memoria negada habitualmente por unas imágenes que pretenden alcanzar la gloria a través, precisamente, de los recuerdos. El cine de Costa opera de manera contraria, estableciéndose como un contracampo, eliminando, incluso, el trabajo de la actriz que toma como referente casi exclusivo para su cámara. Lo que le interesa no es propiamente ella, sino como esa voz consigue convocar el pasado musical que actualiza con su voz y que se encarna de una manera especial en el presente. Como un tiempo olvidado y recobrado simultáneamente, al que accedemos sin atajos, colocando nuestro tiempo en el mismo plano que el de la actriz mientras trata de encontrar el ritmo de ese “tiempo”.

Una segunda entrevista, esta vez realizada por Paco Poch a Jeanne Balibar, se presenta igualmente reveladora. En la larga conversación descubrimos como la vida de la actriz ha desarrollado un especie de “work in progress” cultural; en la infancia aprendió a bailar, en la adolescencia estudió a fondo literatura. Una vez llegada a la madurez consiguió otorgar palabras a un cuerpo mudo que dominaba plenamente, iniciando una carrera como actriz de teatro y posteriormente de cine. Su incursión en el mundo de la música supone el colofón definitivo de ese juego entre control corporal y uso de la palabra. Una relación de la que nace el “método” de la actriz y que ha aprovechado el director portugués para aplicar el suyo. No se cansa de repetirlo; antes de encender la cámara había un deseo de filmar a su amiga. Y ese deseo tenía que ver tanto con la pléyade de relaciones que se conjugan en la distancia entre la cámara y aquello que toma como “objeto” como en todas aquellas que afloran en un cuerpo convertido en una estatua parlante a la manera de los Straub. Relaciones donde se funda el sentido de las imágenes pero, eso sí, fuera de las imágenes. Nada de naturalismo, nada de vida de las imágenes, ni un resquicio de redención en ellas. La vida sigue estando del lado de la vida. He aquí por qué debemos olvidarlas, por qué debemos escapar a ese punto de vista sostenido por filósofos como Georges Didi-Hubermann.

Aunque pueda parecer que esta edición, como hemos visto, se presenta un tanto escasa de valores añadidos, estos tienen la suficiente calidad como para seguir descubriendo la complejidad de una película de la que podríamos hablar casi eternamente. No lo olvidemos, por lo menos esto no.

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