Archivo mensual: mayo 2011

Festival de Cinema d’Autor de Barcelona (01/05/2011)

‘Essential Killing’, “el camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos”

Desde el tiempo en que Charlie Chaplin o Buster Keaton comenzaron a perfilar la noción de gag corriendo a lo largo y ancho de ciudades que asistían al nacimiento de los tiempos modernos, hasta el de las cacerías interestelares sobre el que se ha gestado el imaginario de las más famosas sagas de ciencia ficción, la persecución aparece como algo más que un motivo puramente cinematográfico dentro de cada uno de los géneros a los que ofrece soporte. Así por ejemplo, un buen western suele estar cimentado sobre una persecución eterna como la de The Searchers (John Ford, 1956) o la de algunos de los mejores trabajos de Anthony Mann y Budd Boetticher. Steven Spielberg lo sabe y se ha erigido como un “gran referente” a base de adaptar en cada una de sus películas la fórmula sobre la figura de un hombre perseguido; bien sea por un camión, un animal, el FBI o todo el aparato nacional-socialista. Porque el secreto de la fascinación, del misterio que ha sido capaz de generar a lo largo del tiempo cualquiera de estas persecuciones cinematográficas entronca con esa esencialidad cinematográfica de la que hablaba Sam Fuller en Pierrot el loco (Jean-Luc Godard, 1965); conjugar conjuntamente acción y emoción.

Jerzy Skolimowski, recordado por trabajos como La barrera (1966) o El grito (1978) aunque sus dos obras maestras sean Le départ (1967) y Moonlighting (1982), coloca a Vicent Gallo al comienzo de Essential Killing en los cañones horadados de un desierto en Afganistán. Agazapado en una cueva, tan asustado como tembloroso, se topa de manera fortuita con tres soldados a los que asesina. Es detenido, y en su traslado hasta una cárcel de máxima seguridad, el camión sufre un accidente quedando libre para huir a cualquier parte. A diferencia de películas como El fugitivo (Andrew Davis, 1993), en la persecución no se intenta reconstruir un pasado de manera psicológica para esclarecer una injusticia. Tampoco se pretende sostener un discurso social aprovechando el contexto geopolítico evocado por el paisaje y las figuras que se mueven por él. No, la huida de Mohammed es un trayecto puramente físico en el que sufrirá los efectos del contacto implacable con un entorno hostil; nevado, helado y desolado.

No sabemos por qué Mohammed es incapaz de articular el habla, pero conocemos su sufrimiento gracias a que su cuerpo, pese a todo, se expresa enérgicamente cuando camina descalzo o queda atrapado en un cepo de caza. Su rostro refleja la angustia y amplifica la animalidad esencial que emana de cada uno de sus gestos, de cada lamento mudo que trata de superar el rumor sordo que sobrevive en sus oídos, logrando sustanciar poderosamente en las imágenes el extremo instinto de supervivencia que gobierna su vida; como aquella escena en que se topa con dos soldados que escuchan música distraídos en su todoterreno, o cuando hambriento, no duda en asaltar a una mujer que carga con su hijo recién nacido para mamar de sus enormes pechos como si fuera un bebé. No es para menos, le va la vida en ello. Es entonces cuando la acción física desplegada en el tiempo acaba revelándose como un calvario emotivo (en el que podrían verse reminiscencias católicas) que se precipita en una escena donde se hace presente crudamente el aforismo legado por Nicholas Ray poco antes de morir de cáncer; “We can`t go home again”.

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Festival de Cinema d’Autor de Barcelona (30/04/2011)

Hermosos pececillos de colores flotando boca arriba en un mar de tibia sangre

Arrancamos el segundo día de festival con el hipnótico filme de Daniel Villamediana La vida Sublime (2010): la búsqueda de un pasado, el intento de recuperación de una memoria con el único fin de reinventarla. Villamediana sigue los pasos de Víctor, que viaja desde Castilla hasta Cádiz para investigar sobre el pasado de su abuelo. Para ello, el director realiza una película pausada, contemplativa, utilizando la cámara como si en realidad fuese un espectador más que espera una revelación por parte de los personajes. El filme se divide claramente en dos partes: mientras la perteneciente a Castilla consiste en largos planos secuencia dilatados en el tiempo, la parte que corresponde al sur se convierte en algo mucho más dinámico y colorista. Con tan sólo dos páginas de guión previo, Villamediana ha conseguido extraer la historia de los propios personajes, que a su vez son tremendamente cercanos a la realidad. Paralela en algunos aspectos a Family Strip (Luis Miñarro, 2009), la película pasea entre los límites del documental biográfico y el cine experimental. Al igual que la película de Miñarro, ambas se empeñan en recuperar lo irrecuperable, ese pasado que ya nunca más volverá a ser presente. Bastante hay de quijotesco en esta hazaña y también en el personaje de Víctor, capaz de comerse 90 sardinas con el único fin de intentar conocer un poco mejor dicho pasado.

La segunda película del día fue Oki´s Movie (Ok-hui-ui yeonghwa, 2010), del coreano Hong Sang-soo, habitual de este tipo de festivales. La película repite las constantes de su cine: a menudo personajes de mediana edad dubitativos respecto a la vida y al amor, estructuras que se repiten con sutiles variaciones y la cotidianidad elevada a la enésima potencia. El principal problema reside tal vez en la falta de fuerza de los personajes, que resultan demasiado estereotipados como para conseguir que sintamos interés por ellos. De hecho, el epidérmico tratamiento de los mismos hace que a pesar de la breve duración del filme (80 min) este resulte un tanto aburrido.

Y la culminación de la jornada llegó con Cold Fish (Tsumetai nettaigyo, 2010): 144 minutos de Sion Sono en estado puro, el exceso y la locura elevados a la enésima potencia. Tras el intermedio de cuatro horas en tono de comedia bizarra que realizó en Love Exposure (Ai no mukidashi, 2008), el director y poeta japonés retoma la violencia, la psicopatía y los baños de sangre que le hicieron popular con películas como El club del suicidio (Jisatsu saakuru, 2002) o Strange Circus (Kimyô na sâkasu, 2005). Cold Fish ganó el premio Casa Asia en el último festival de Sitges, y como casi cualquier película de su director puede despertar pasiones u odios, pero dudo que deje indiferente a nadie. Basada en hechos reales, Cold Fish narra la historia de una pareja de asesinos en serie, deleitando a los amantes del género con una última media hora catártica que compensa con creces el desconcierto de los primeros 120 minutos. Sion Sono se pasea sin prejuicios por los límites que separan los géneros cinematográficos, transgrede alegremente las fronteras y las derriba pasando por encima con una apisonadora, consiguiendo que el espectador se ría en las situaciones más extremas y nauseabundas que uno pueda imaginar. A veces resulta excesivamente naif, a veces demasiado truculento, nos provoca emociones extremas que no tienen por qué ser agradables. Eso sí: su cine es inconfundible.

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