Festival de Cinema d’Autor de Barcelona (06/05/2011)

Zapato de tacón sumergido en las profundidades de un acuario

Se acerca el fin de semana y el aumento de espectadores que hacen cola delante de los cines Aribau Club lo demuestra. A tan sólo dos días de la clausura del festival sabemos que hasta el momento la favorita del público es Meek's cutoff (Kelly Reichardt, 2010), película de la cual ya hablamos a su paso por el Festival Internacional de Cine de Gijón. Me da pena que Bibliothéque Pascal (Gyöngéd kezelés, Szabolcs Hajdu, 2010) se aleje de los primeros puestos, pero se trata de una propuesta muy arriesgada y ya se sabe lo que pasa con los riesgos, que a veces no son bien vistos por todo el mundo.

Empezamos la tarde disfrutando con Waiting for Twilight (Noam Gonick, 1997), excelente documental narrado por Tom Waits que desvela los entresijos de la obra de Guy Maddin y nos da algunas claves de su personalidad para así poder entender mejor ese cine suyo que tanto nos entusiasma. En un momento determinado del filme, Maddin habla de una enfermedad que le afectó al cerebro hace unos años. Confiesa que toma menos medicación de la que le recetaron los médicos y que por eso los fantasmas siguen ahí, presentes en su vida. A partir de este momento creo que empiezo a comprender un poquito más a Maddin. Tras este documental se proyecta otro; esta vez mucho más subjetivo, onírico, experimental y dirigido por el propio Maddin: My Winnipeg (2007). Contrapicado dedica un extenso artículo a Maddin en el número 40. Este director canadiense de imaginación desbordante se merece que hablen de él, y mucho.

En la segunda sesión de la tarde nos decantamos por la portuguesa Morrer como um homem (2010), de João Pedro Rodrigues, todo un ejemplo de sensibilidad que pone los pelos de punta. El director aborda el tema del travestismo con una inmensa franqueza, alejándose de excesos almodovarianos y mezclando de forma sutil el naturalismo que predomina en la película con pequeñas dosis de algo parecido al realismo mágico. Los ecos de Rainer Werner Fassbinder resuenan por doquier, y tanto Un año con trece lunas (In Einem Jahr mit 13 Monden, 1978) como Las amargas lágrimas de Petra Von Kant (Die Bitteren tränen der Petra von Kant, 1972) están en cierto modo ahí, como una presencia inmaterial que recorre de modo casi subliminal la totalidad del filme. Me fijo en los rostros de los espectadores a la salida y descubro a más de uno con los ojos llorosos, hecho que no me sorprende en absoluto.

Para terminar la jornada asistimos al pase de How I ended this summer (Kak ya provel etim letom, 2010), tercer largometraje del ruso Aleksei Popogrebsky. A pesar de las infinitud de premios que ha ido recolectando a su paso por festivales como el de Londres (premio a la mejor película) o el de Berlín (premio ex-aequo al mejor actor a Grigory Dobrygin y Sergei Puskepalis), he de confesar que la película me ha parecido un tanto decepcionante, un cúmulo de buenas intenciones que fallan en algo que no soy capaz de explicar, un engranaje minimalista insertado en un gélido thriller que no acaba de funcionar tan bien como debería. Tal vez juegue en mi contra el cansancio acumulado después de haber visto ya tres películas. Tras el visionado de filmes como How I ended this summer o Wild Field (Mikheil Kalatozishvili, 2008), siento que estoy percibiendo una cierta tendencia rusa a dejar las interpretaciones en un segundo plano para ceder el protagonismo a la todopoderosa e inclemente naturaleza. Sí, ya sé que es un modo de hacer que siempre ha estado ahí, pero puede que últimamente esté cobrando más fuerza, no lo sé.

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