Festival de Cinema d’Autor de Barcelona (05/05/2011)

Sobre piruetas estilísticas y autopsias descarnadas

Pasado ya el epicentro del festival, dedico un minuto de mi tiempo a pensar en la actitud de críticos, periodistas y apasionados del cine que llevan una semana viendo una media de tres películas diarias. No sé si a todos les pasa lo que a mí, pero hay instantes, sobretodo aquellos minutos que preceden a cada proyección, en que uno piensa que tiene la mente saturada, que mejor sería irse a casa y digerir bien todo lo visto hasta ese momento, que va a ser imposible concentrarse, que de seguir con este ritmo todas las películas se van a convertir en una amalgama informe de escenas, nacionalidades y directores, que... Afortunadamente, todas estas disertaciones se esfuman cuando la película empieza, sobretodo si esta resulta tan cautivadora como las que vimos en el séptimo día del D´A.

La primera de ellas fue L'illusion comique, interesante experimento de Mathieu Amalric que adapta una obra de Pierre Corneille del año 1636. Amalric respeta la métrica alejandrina del texto y lo contrapone a un desarrollo de la acción situado en la actualidad, convirtiendo la película en un salto mortal al que sobrevive con éxito. La gran dificultad que entraña poder seguir el ritmo de los subtítulos hace que me plantee el no posponer más esas clases de francés que tanta falta me hacen, pero aun así la película de Amalric me cautiva por su originalidad y por su respetuosa transgresión. Me acuerdo de numerosas adaptaciones que han seguido pautas similares y me doy cuenta de que la mayoría son de obras de Shakespeare: desde las adaptaciones de Hamlet hechas por Kenneth Branagh (Hamlet, 1996), Thomas Vinterberg (Festen, 1998) o Michael Almereyda (Hamlet 2000, 2000), pasando por el Ricardo III de Richard Loncraine (Richard III, 1995) o el Romeo + Julieta de Baz Luhrmann (Romeo + Juliet, 1996). Me alegro de que por una vez se haya puesto la mirada en otra parte.

La segunda película destacable del día fue la chilena Post Mortem dirigida por Pablo Larraín. Al margen de la polémica desatada por las declaraciones y el posicionamiento político de su director, Post Mortem es una película arriesgada y valiente, que destila acritud por todas partes y que en muchas ocasiones resulta difícil de digerir (siendo esta la elección más coherente si atendemos al discurso de la misma). El filme narra la historia de Mario Cornejo, un funcionario que trabaja en la morgue registrando necropsias. Desde el primer momento, la relación que establece el espectador con el protagonista es incómoda y ambivalente. El desasosiego continuo que provoca su silencio a veces se transforma en empatía, a veces en incomprensión, a veces en miedo. No sabemos qué pensar de Mario; Mario es un sociópata, Mario es un pobre hombre, Mario es una persona triste, Mario tiene un oscuro pasado, un secreto que no quiere revelar... Todas estas elucubraciones pasan por mi cabeza mientras en la pantalla se suceden imágenes que describen el golpe de estado de 1973 y la muerte de Salvador Allende. Las revueltas, los tiros y los cadáveres se suceden ante los ojos de Mario sin que su expresión se inmute. Porque a Mario sólo le importa una cosa: su vecina, una bailarina en decadencia interpretada por Antonia Zegers.

Si hay una cosa que Larraín sabe a la perfección es que a veces, la mejor forma de narrar acontecimientos que han ocupado un lugar relevante en la historia es hacerlo mediante la voz del que hasta ese momento no ha tenido ocasión de hablar. Es por eso que Larraín deja hablar a Mario y Mario dice todo lo que tiene que decir, en una estremecedora última secuencia y sin una sola palabra.

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