Festival de Cinema d’Autor de Barcelona (03/05/2011)

‘Hi-So’, “hallazgos mínimos entre las ruinas de la memoria”

Al salir de la segunda sesión del día, la lluvia me obliga (bueno, a mí y a un puñado de espectadores) a esperar en el hall de los cines Aribau Club hasta la hora en que empezará la tercera y última sesión. No puedo evitar (curiosa que es una por naturaleza) escuchar la conversación de dos personas que se colocan a mi lado y que han visto la misma película que yo. La reproduzco de memoria y no puedo certificar la exactitud de las palabras, pero más o menos era algo similar a esto:

– ¿Qué?

– ¿Qué de qué?

– Que qué te ha parecido.

– ¡Uf!

– ¿No te ha gustado?

– Es que no pasa nada.

– La fotografía es bonita.

– Bonita no sé. Decadente, más bien.

– Bueno, decadente pero bonita.

– Ya.

Ignoro si la conversación continuó más allá o se quedó tan sólo en esto, ya que llegó la hora de la última sesión y comenzamos a entrar de nuevo en la sala, pero estas pocas palabras me hicieron reflexionar y preguntarme por qué nos gusta el cine que nos gusta. Podemos intentar de un modo más o menos consciente analizar su técnica, el tipo de planos que utiliza, el desarrollo de la historia o la evolución de los personajes, pero también hay un tipo de cine que apela principalmente a la capacidad sensitiva del espectador, y este tipo de cine resulta a veces difícil (cuando no imposible) de analizar. A menudo recurrimos (a falta de algo mejor) a adjetivos como etéreo, evanescente o sutil, aunque seamos conscientes de que no son palabras que puedan definir por completo la sensación producida al ver este tipo de películas.

Con Hi-So (2010), segundo largometraje del tailandés Aditya Assarat, sucede algo parecido. Puede que este espectador decepcionado tuviese algo de razón con aquello de “es que no pasa nada”, pero precisamente el interés de Hi-So radica en cómo discurre esa nada, en cómo el director construye esos espacios vacíos para provocar ciertas sensaciones concretas. Porque a la hora de ver una película como esta tal vez haya que pensar en lo que hay entre las cosas y no en las cosas mismas. O mejor incluso, dejarse llevar sin pensar en absoluto. Tenemos ante nosotros una película minimalista en apariencia pero con una gran complejidad conceptual y capacidad evocadora. A medida que transcurre el filme pasan por mi mente de modo inevitable Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Pen-Ek Ratanaruang (al cual Aditya Assarat dedica un par de guiños en el filme), los cuadros de Caspar David Friedrich o los espacios fotografiados por Francesca Woodman. Assarat nos habla de la pérdida de la memoria, de la incomprensión, del desarraigo y de la incomunicación. Mejor dicho: más que hablar de ello lo describe con tan sólo el poder de la imagen, cuidando con esmero cada plano, cada composición aparecida en  pantalla. La inmensidad de la naturaleza se ve reflejada en un paisaje tailandés que sobrevive a la insignificante arquitectura que es capaz de construir un hombre, y es por eso que el protagonismo de los interiores que aparecen en Hi-So lo tienen las ruinas. Ruinas que implican un pasado que sólo podemos intuir a medias, del mismo modo que el personaje interpretado por Ananda Everingham en la película que hay dentro de la película sólo puede recordar su propio pasado de modo fragmentario. Porque eso es también Hi-So: un acertado juego de espejos que reflejan metáforas, una estructura que se desdobla, que se divide en dos mitades que acaban resultando idénticas. Dos historias de (des)amor que devienen desoladoras, no por el hecho de describir un fracaso, sino por parecerse demasiado entre ellas.

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